
Pero no queda ahí la cosa. El domingo a la mañana, el bueno de Juan me proporcionaba sendos singles de finales de los 70. Uno especialmente diferente, de un grupo que muy pocos recordarán, Metro. Melodías pegadizas, voz del otro lado y esa vibración rugosa del vinilo que es como una religión en tiempos de soledad y delirio. Y, también, por puro azar, el otro día me encontraba en una vieja cubeta un disco reciente de un grupo llamado The Unseen Guest que recomiendo fervorosamente. Sonido hecho desde los pantanos norteamericanos para días de calor como los de aquella película, sí, Fuego en el cuerpo.Discos raros, que se esconden de la vista de todos, y que a mí me parecen más sugerentes y bellos que todos esos que la gente, el gran público, ama como posesos. Quiero discos, claro, que me hablen a mí, rescatarlos del olvido y que me regalen ese secreto suyo que los hace únicos e inmejorables.
[Una película me trajo el recuerdo de los 80, cuando, ay, veía Corrupción en Miami y soñaba en un futuro en que todo se cumplía. Ese futuro es esto y, la verdad, no tiene mucho que ver con lo que pensaba a mediatarde. ]
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