Cada vez se impone más en mí una sensación. Algo transparente, como las verdades de los poetas y los niños (véase que no digo los borrachos, con esa excusa aumenta su autocomplaciencia, su consumo de alcohol y esa infelicidad profunda). Cada vez más, decía, siento que la semana es una larga marcha bajo el agua. Un esfuerzo constante y cansado. Al final de ese interminable buceo, un corto periodo de descanso, tras el cual saco unos momentos la cabeza, atrapo un poco de aire (el que puedo) y vuelvo al agua en sentido contrario. Así una y otra y vez. A veces, bajo el agua suceden cosas divertidas o medianamente entretenidas. Cosas que hacen que olvide/mos dónde nos encontramos, sí, con el bañador rígido, la piel cuarteada y los ojos rojos. Sucede en pocas ocasiones, la verdad. Otras pensamos en cómo sería estar fuera del agua (ya un poco turbia, ya un poco fuera del mundo).
Por suerte, existen personas como Jeremy Jay, que nos hablan sobre qué es eso de estar al otro lado, donde las mentiras, al menos, no engañan a la propia música. Puede que el Sr. Jay le salve a vd. también el día.
Tengo que recomendar efusivamente a este hombre. Debo hacerlo. No sé muy bien por qué no lo he hecho antes. Jeremy Jay se merece mis elogios y los de todo el barrio donde vivo (viejillos incluidos). Su pop es del bueno, de manual de estilo, al modo clásico, sensitivo y medianamente eufórico, con la necesidad de repetir sus canciones una y otra vez (eso pasa pocas veces, la última que me ocurrió fue con Hefner -mis ídolos de pos-adolescencia-).
Muchas veces me pregunto por el corazón de sensibilidades como la de Jeremy Jay, entre la explosión contenida y el amor incontrolado, entre tú y yo. Me pregunto mucho, ya digo, por los orfebres que hacen esas canciones que nos abrigan y nos resguardan de los días con dolor, el odio en los ojos y la fiereza en las palabras. El pop sirve para todo eso, pero sobre todo para salvarnos y reconciliarnos con nosotros mismos (y con la especie). Viva Jeremy Jay y viva el pop. Pues eso, que viva.