Se preguntará el lector qué tiene de valioso Francisco Umbral para que llegue a afectar tan febrilmente a un post-adolescente, hacerle sentirse en deuda y llevar palabras un tanto elogiosas a estas páginas. Primero, eso mismo, la gran influencia en mí como autor (idéntica en muchos otros creadores leoneses que, sé perfectamente, admiran su proyecto literario y su estilo inconfundible). Quien se acerca a su obra sin prejuicios suele acabar por sentirse próximo a su fiereza verbal y a su fragilidad sentimental, algo, en esencia, muy moderno (con todas las connotaciones del término además, Umbral fue siempre “absolutamente moderno”, como pretendiera Rimbaud). Tuvo también una estrecha relación con la ciudad de León, al menos en sus inicios. Sus comienzos creativos nacen aquí. Todos le recuerdan como un vibrante columnista en el Diario de León, locutor de radio y responsable de un cine fórum que le costó el exilio semi-voluntario a Madrid. A partir de ahí nace la leyenda, su leyenda, la de las pensiones madrileñas, el Café Gijón, las columnas impecables, las cenas con las marquesas, etc. Todo eso que retrata a la perfección él mismo, aunque si uno quisiera desprenderse del ego del autor (mal haría, porque se perdería infinidad de literatura) también tiene la biografía previamente demonizada de Anna Caballé, El frío de una vida, con interesantes detalles, incluida la retahíla de problemas que supuso aquella proyección del Orfeo de Cocteau con la Sección Femenina leonesa. Hay quien culpa a algunos nombres, merecidamente o no, de esa estampida de Umbral. Equivocadamente, porque Umbral nunca hubiese despegado vertical y literariamente sin su vida crápula y escrita de Madrid. Aunque tampoco hubiese sido el que llegó a ser sin su paso por León, una ciudad, recordemos, que a finales de aquellos inquietos sesenta palpitaba cultura escrita por todos sus poros, dándole la oportunidad de ser una de sus singulares voces.
Nos dejó, eso sí, un retrato de las tabernas de la época, Crónica de las tabernas leonesas, tal vez todas esas en las que Francisco Umbral soñaba despierto con la fama fría de las letras. Y como la peor condena, que decía Wilde, se cumplió su deseo de ser un escritor absoluto, uno de esos nombres gigantes que no se pueden borrar de la memoria con facilidad. Mortal y rosa, todavía hoy, no deja de traducirse a otros idiomas, y su validez como obra infinita es incuestionable. Pero también están Las ninfas, Retrato de un joven malvado, Un ser de lejanías o La noche que llegué al Café Gijón, para recordar y recordarnos que su talento no era casualidad o fruto del dolor temporal por la muerte de un hijo. Rememorar a Francisco Umbral es una deuda que esta ciudad y yo mismo tenemos hoy con él. Tres años sin la columna y los libros de Umbral no se soportan igual, sobre todo porque nos ha dejado un poco huérfanos a todos, con menos palabras entrelazadas para sobrellevar los días. Es lo que tiene fabricar Literatura (con mayúsculas).
ahí está el hombre que casi conocio a Pachi Umbral, con su americana del HYM y su camiseta del hannabi, manteniendo la memoria del inmenso genio del don y el estilo, en lo más al.. Bueno sujetando un bonito cartel pop. Umbral decía que los curas de la radio donde comenzó, en laion, mandaban formar, a primera hora de la mañana, e interrogaban a la plantilla acerca de sus pecados, si se habían masturbado y tal...Por lo visto León y sus gentes le parecieron de lo más espantoso.
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