Aronofsky ha vuelto a dar en el clavo, en el puro centro de la diana. Tan completa y radicalmente que puede dar un poco de vergüenza tirar el siguiente. Los elogios sobran, la película (
Cisne negro) se defiende sola para quien desee adentrarse en sus turbias y hermosas aguas. Una delicia trágica que remueve las entrañas y ayuda a conocer el universo femenino mejor, y esta es la paradoja, que muchas obras creadas por mujeres. Si
El Luchador, con mi adorado Mickey Rourke al frente, me consiguió dejar sobrecogido, su nuevo trabajo ha superado con creces toda su anterior obra, dejando a su debut,
Pi, Fe en el caos, como una frikada de adolescente ingenioso con tiempo libre. Incluso su laureada
Requiem por un sueño queda deslúcida, quedando más bien para cursos de prevención de drogas y otros excesos.

¿Por qué elogios tan firmes y contundentes? Muy sencillo, porque
Cisne Negro es arte mayúsculo, un encuentro atronador y firme de la fortaleza y sensibilidad de la mujer. El gran peso de la educación, de la neurosis en toda su extensión y plenitud (madres y competitividades en paralelo), su búsqueda de la perfección como uno de los animales más complejos y bellos de la naturaleza, dejando, por cierto, al hombre, como un ser sencillo y aburridamente práctico. Aronofsky vuelve a apelar a la magia que habita dentro de los seres humanos, a su ansia de divinidad, al dolor de crecer y su deseo trágico de trascender. Todo eso y más en
Cisne Negro, todavía en cartel.