lunes, 4 de agosto de 2014

Los bomberos avivaron el fuego. Un clima para el miedo




Las noticias de las últimas semanas, incluso de los últimos meses, vienen a confirmar y ofrecer un futuro desesperanzador. Como en esas películas apocalípticas de serie B, lo global está al borde del colapso, nuestro sistema de vida resulta pendiente de un finísimo hilo, así las imágenes (lo verdaderamente absoluto hoy día) vienen a confirmar este desastre en ciernes: guerra en Gaza ante el estado impasible de Occidente, el Ébola, conflicto a varias bandas en Ucrania, despidos, crecimiento de las desigualdades, cambios meteorológicos cada vez más importantes…Un panorama deprimente, pero también peligroso.

Parece pues el momento perfecto para releer algunas de las líneas que el sociólogo Enrique Gil Calvo esbozó con tintes un tanto visionarios en El mensaje es el miedo. Riesgo, incertidumbre y medios de comunicación (Alianza, 2004). Un libro fundamental a tenor de los hechos que están acaeciendo en este instante. En dicha obra, Gil Calvo diagnostica a la perfección el inicio de este clima, clima que probablemente ningún observador medianamente atento ha pasado por alto, “de la euforia de finales de siglo se ha pasado al pánico del inicio de éste”, con una fecha que dará el disparo de salida de este ambiente hoy ya irrespirable: el 11-S. Una fecha clave. Un punto de inflexión. Occidente y su gran triunfo económico (Nueva York) es derribado a nivel moral y mortal (con miles de víctimas), pero también a nivel simbólico. El mayor jaque a un sistema de vida basado en el símbolo. Es el momento de cambiar, o más bien transformar, el modo de actuación. ¿La solución? Bien sencilla, estaba ahí, sólo era necesario expandirla y potenciarla hasta límites insoportables: el miedo.




                   
                         





Una emoción intensa y educable, generadora de estados de ánimo profundos, de inversiones, de beneficios (sobre todo de éstos). ¿El medio o los medios? Especialmente la televisión, aunque la prensa escrita (ya en segunda línea de fuego) secundaba la visión total teorizando y dando empaque intelectual a esta forma de la realidad tremendamente sesgada. De repente, el mundo volvía a ser un lugar peligroso, impredecible (aunque todo futuro lo es), donde los medios volvían a potenciarlo inoculando miedo (“muchas veces la publicidad del riesgo inmediato contribuye a precipitarlo”), convirtiéndose en el núcleo duro del problema y, de alguna manera, en los mayores responsables inconscientes (¿?) (“los medios se convierten sin querer en bomberos pirómanos, pues la publicidad del riesgo percibido contribuye a magnificarlo”). Una contradicción, pues la prensa, al igual que la ciencia, la técnica, la justicia o los poderes públicos deberían situarse en nuestra realidad diaria para ofrecer certidumbres o, al menos, cierto tránsito orientado a una sensación de seguridad.

¿Y qué han ofrecido por contra? Una encadenada alarma social que no para de crecer, desde la ya mencionada inseguridad económica (siempre la primera de las reacciones), la terrorista o la del peligro diario en nuestro barrio, en nuestra ciudad, para seguirle toda una serie de miedos a cada cual más atávico: la inseguridad ambiental, sanitaria o incluso alimentaria, como colofón a nuestro ámbito más privado e íntimo (la sexualidad hace tiempo que fue foco de todo ello). Resulta un colapso interruptus que tiene algo de las siete plagas bíblicas, así lo ven también autores como el citado Gil Calvo (“…buscamos nuevas certezas en las que creer, transfiriéndoles nuestra nostalgia de sacralidad”). Guardamos todavía en nuestra más profunda animalidad sacra el miedo al milenarismo, al fin repetido una y mil veces en la cultura como un mantra acuoso que ha traspasado nuestra lógica más arraigada. El individuo y la “personalización” (Lipovetsky) por encima de todo. Aislándonos cada vez más unos de otros. De hecho, pensemos por un instante en el modo en que vemos nuestro entorno. El retrato de Gil Calvo es también revelador al respecto: “…nuestros semejantes sólo figuran convertidos en víctimas de agresiones y desgracias, en verdugos carentes de escrúpulos para encarnizarse dañando a los demás o en monstruos de feria que exhiben su miseria o su insolencia sin pudor ni dignidad”). Esa es la imagen última que nos ofrecen los medios sobre nuestros semejantes. Algunos lo justificarán argumentando que la realidad es esa y que sólo la reflejan miméticamente. No es del todo cierto. No puede serlo.


                              


                                     






Los asesinos no corren a sus anchas por las calles, los violadores no se esconden a cada esquina, el hombre que me cruzo en la calle no intenta hacerme daño al menor descuido… sólo una parte de la población actúa así, y curiosamente hemos generado una conducta generalizada de descrédito y miedo patológico al “otro”. El “otro” existe para temerle, para sospechar de él y de todos sus actos. Detengámonos y pensemos de nuevo. El hombre que se ha sentado a mi lado en el autobús, ¿piensa hacer explotar una bomba que lleva dentro de su mochila o por el contrario sólo intenta llegar a su trabajo que está lejos y lleva algo para comer? Casi con total seguridad, la segunda opción. Ese hombre, como todos nosotros, intenta sobrevivir, respirar, ver crecer a sus hijos, tener unas vacaciones con ellos y dar un beso a su pareja al llegar a casa. Es esencialmente idéntico a nosotros. Somos él, más bien.

Sería como tener miedo a que caiga un geranio de una terraza y nos dé en la cabeza. Claro que ha habido casos, pero tan ínfimos que no vivimos con ese miedo en nuestras vidas. Si repitiesen insistentemente cada día una y otra vez que una oleada de geranios está cayendo de los balcones en las ciudades, podríamos llegar a temerlo. Tanto que pediríamos control a nuestros políticos, más vigilancia policial o un control de la estabilidad de las macetas y su posible prohibición a debate. La seguridad total es imposible, pero el miedo es más que posible como constante. Vive instalado muchas veces en nosotros como una segunda piel que nos amortaja. Y vivir con miedo, la verdad, es estar ya un poco muerto.

La filosofía última es ahora muchas veces declarada: el mundo es un desastre, piensa en ti, asegura tu vida (por contraposición al no future del 77 o al hedonismo de los 80). Nuestra vida es huidiza. No estamos hechos para durar. La falsa ilusión de control con seguros y alarmas no mejora esencialmente nuestra vida, más bien la prolonga en una deformidad lejos de su esencia. El hombre ha vivido anexo al peligro y ha respirado el temor mucho más cerca de lo que lo hacemos nosotros ahora. Nuestro miedo fundamental, más bien, es a perder nuestro modo de vida, nuestro bienestar creciente al que no estamos dispuestos a renunciar. Nuestra ilusión de eternidad se ve en suspenso con las imágenes de un acto terrorista televisado en directo, pero a fuerza de repetirse constantemente pierde su energía y su impacto, acrecenta nuestro miedo y lo convierte en algo ilusorio, como las muertes en el cine. Decía alguien que nuestros dos mayores miedos se relacionan con la muerte y la locura, y probablemente será al fin nuestro miedo a la muerte el que nos lleve a la locura, el que nos aleje de nuestros semejantes y nos aísle del mundo. Al modo de esos aterrados norteamericanos que construían bunkers bajo sus casas en plena guerra fría por temor a una incipiente amenaza nuclear. Hoy esa imagen nos parece risible en la forma, pero quizá el fondo sea exactamente idéntico.




                                                                                                                                 Julio César Álvarez















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